10 preguntas que pondrán a prueba tu generosidad

Es bastante frecuente creer que somos más generosos, más atentos, más entregados que los demás; pero muchas veces es básicamente porque lo que nos afecta directamente (el egoísmo de los demás), lo notamos enseguida.

Sin embargo, nuestras carencias y defectos son más difíciles de ver, salvo que tengamos cerca a alguien que nos quiera mucho (¡pero mucho!) y nos corrija.

Tenemos una tendencia natural a ponernos en el centro del universo: mis planes, mi tiempo, mi descanso, mi familia, mi trabajo,…; básicamente se reduce a lo que nos repetía mi madre siempre:

«Eso, ¡tú contigo mismo y con tu ombliguito!».

Por eso, he pensado que como mamá ya no nos lo dice, por aquello de respetarnos, no está de más que nos examinemos de vez en cuando para conocernos y mejorar en lo que veamos que flojeamos más.

Test de generosidad: ¿soy egoísta?

1. Cuando la bolsa de basura está hasta arriba…, ¿la cambias para que no se ensucie el cubo y la tiras al contenedor enseguida o lo dejas para luego, sabiendo que «luego» nunca llega?

2. ¿Te adelantas a las necesidades de los demás o hasta que no te lo piden no caes en la cuenta de que puedes ayudar?, ¿tu orden facilita el trabajo a los demás?

3. Cuando llegas a casa, ¿te sientas en el sofá a descansar o procuras ponerte manos a la obra para que sea ella/él quien descanse?, ¿y en casa de tus padres?

4. Estás con amigos, con tus hijos, con tu pareja: ¿te olvidas del móvil/tv/tablet/libro/Play/ordenador… para dedicarles los 5 sentidos?

5. Te sientas a la mesa, y al servir tu plato, ¿te aseguras de que llegue la misma cantidad (o más) para los demás o te sirves sin fijarte?, ¿cuántas veces rellenas sus vasos?

6. Comida de amigos, familia,… ¿procuras que sean otros los que estén cómodos, bien acompañados o para ti siempre encuentras un buen sitio?

7. Final del día, estás cansado y un amigo te llama por teléfono. No te apetece nada cogerle porque quieres descansar: ¿contestas por si necesita algo o piensas «ya hablaremos mañana»?

8. Quizá hayas tenido un mal día en el trabajo, te duela la cabeza o algo se tuerce en el último momento, ¿te quejas continuamente o procuras sonreír y quitarle importancia para centrarte en los demás?

9. ¿Te molestas cuando te corrigen, cuando no te dan la razón o escuchas otros puntos de vista y agradeces las críticas, sabiendo que lo cómodo para el otro es evitar el enfrentamiento?

10. Procuras llegar con puntualidad a tus citas, ¿te das cuenta de que no hacerlo supone valorar más tu tiempo que el de quien te espera?; y en casa, ¿eres siempre el último en sentarte a la mesa?

«La hija de», «la mujer de», «la hermana de»

Cuando era pequeña, y mi madre me mandaba a casa de alguna amiga para recoger algo, al llegar llamaba al timbre y yo contestaba con confianza: «soy Inés, la hija de María Eugenia».

Enseguida se abría la puerta y me recibían con los brazos abiertos; siempre caía algún dulce, palabras bonitas y mucho cariño. Simplemente por ser «la hija de» ya merecía todas las atenciones; porque, os aseguro que, si en vez de contestar eso hubiera dicho «soy Inés», probablemente ¡no me habrían abierto ni la puerta!

Yo era «la hija de Jesús y María Eugenia», y cuando oía a alguien decirlo para identificarme me sentía orgullosa; eran ellos los que con su vida y su ejemplo hacían que yo pasara a ser importante también, es como si heredara su buen hacer y pasara a ser digna del cariño de todo el mundo.

Pero es curioso, porque al crecer algo cambia, queremos ser valorados por nosotros mismos, no queremos ser «la hija de», «el marido de» o «la hermana de».

El ego nos puede y buscamos ser reconocidos por nosotros mismos, por «nuestros méritos».

Y si nos volvemos demasiado egocéntricos podemos incluso llegar a olvidar quiénes son nuestros padres, no reconocer todo lo que han hecho por nosotros; y eso es precisamente lo que nos pasa con Dios cuando nos alejamos de Él, cuando queremos «ir por libre».

Algún día llamaremos a las puertas del Cielo y habrá mucha diferencia entre contestar: «soy Inés, la hija de Dios», que contestar que soy sin más «Inés». Y siento deciros que la principal diferencia estará en que si contesto sólo con mi nombre, lo haré creyendo de verdad que son mis méritos y mi buen hacer los que van a abrir esa puerta, los que hacen que me gane el Cielo.

Pero no es así. Creedme si os digo que todo, absolutamente todo lo que tenemos, somos y podemos, es gracias a nuestro Padre del Cielo.

Por eso Jesús se dirigía solo a los humildes de corazón, porque los «sabios y entendidos» se creen autosuficientes, no son capaces de reconocer a Dios en su vida.

Jesús nos invita a ser como niños, en el sentido de sentirnos «nada» sin Él, y «todo» gracias a Él también. Somos dignos del Cielo porque Jesús nos abrió las puertas del paraíso con su muerte y resurrección; y somos capaces de hacer cosas grandes y buenas porque el Espíritu Santo nos acompaña.

La «filiación divina«, que es como se llama oficialmente en la Iglesia al hecho de que seamos hijos de Dios, siempre me ha sonado demasiado teórico, ¡es una palabra tan extraña!

Oímos con frecuencia lo de que somos «hijos de Dios», pero nos suena más como un título nobiliario que como algo tan real como el color de nuestros ojos.

Quizá no siempre podamos sentir orgullo de ser hijos de nuestros padres, son humanos y como tales pueden llegar a meter la pata hasta límites insospechados; pero de nuestro Padre del Cielo ¡hemos heredado la vida eterna, la dignidad de hijos de Dios!, y podemos sentirnos más orgullosos de ser sus hijos, que de serlo del más famoso de los famosos.

Esta semana te animo a tratar un poco más a Jesús, acudir a una Iglesia y pasar un rato con Él, leer qué nos dice cada día en el Evangelio…; porque si nos acercamos con humildad, Él como buen Padre saldrá corriendo a buscarnos para darnos un abrazo y mostrarnos todo lo que tiene para nosotros.

Cuando los hijos no llegan: ¿tiene sentido el matrimonio sin hijos?

Me cuesta mucho hablar sobre este tema porque temo herir con mi torpeza la sensibilidad de alguien que esté pasando por esta situación. No es mi intención ofender, y pido disculpas por adelantado si esto ocurriera.

Empatizo mucho con los matrimonios que no pueden tener hijos a pesar de desearlos ardientemente. Quizá porque conozco a muchas familias, cada vez más, que ansían ser padres y esta realidad nunca llega a sus vidas, ¡o se hace esperar muchos años!

El matrimonio va tan ligado a la procreación que podemos llegar a plantearnos el sentido de esta unión cuando no hay hijos. Por eso, me siento en la obligación de decir convencida que el matrimonio tiene sentido en sí mismo, los hijos son un añadido, no le dan más valor.

El amor es un don, un don difusivo que se expande y transforma todo lo que toca. Pienso de verdad, que en las familias sin descendencia, esta expansión es aún mayor porque el amor de los esposos es más fuerte: las pruebas hacen crecer el amor y esa prueba ¡merece su recompensa!

Cada familia es luz para quienes les rodean, y no tener hijos da pie a llegar a muchas más personas. Son padres no biológicos, pero padres de mucha gente. Y para un cristiano, para un católico: el matrimonio en sí mismo tiene un valor infinito, es un Sacramento.

Esto significa que Dios mismo se hace presente en nuestra relación cada vez que nos cuidamos, cada vez que pensamos en el otro, cada vez que nos esforzamos por ser mejores para nuestra pareja, cada vez que nos damos al otro plenamente, cada vez que juntos somos luz para otros.

Hace unos meses escuché estas palabras de un cura que me hicieron ver mi matrimonio desde otra dimensión. Hizo un paralelismo entre Jesús entregando su cuerpo en la Cruz; y la unión matrimonial, donde los esposos entregan su cuerpo el uno al otro.

En ambas entregas: la Cruz y el Matrimonio, Dios mismo está presente salvando almas por amor. Cuando amas a tu esposo, a tu esposa, Dios se hace presente en vosotros y transforma el mundo con vuestro amor, ¡continúa con la redención!

La Pasión de Cristo se llevó la peor parte, sin duda; nuestra entrega al otro está llena de placer, de ternura, de cariño, de respeto (vale, alguna bronca también, jaja!). Pero estamos muy equivocados sí solo vemos a Dios en los momentos difíciles porque está aún más presente en la belleza del amor.

Dios es la belleza infinita, el amor pleno.

Nos acompaña en las cruces de nuestra vida para ayudarnos a llevarlas, para descargarnos de su peso, pero en el amor…: ¡se hace realmente presente y llena el alma de los esposos de su Gracia, transformando el mundo con sus vidas y santificando a los esposos!

Y esto pasa, independientemente de si tienes o no hijos o de cuántos tengas. Los hijos son dones, frutos visibles de ese amor. Pero hay muchos más frutos, y más grandes, algunos quizá sólo los descubramos en el más allá, pero son tan reales como esos hijos.

Sólo es necesario que dejemos entrar a Dios en nuestra relación y nos fiemos plenamente de sus decisiones. El plan divino alcanza toda la eternidad, nosotros no vemos más allá de nuestras narices, de nuestro «hoy y ahora».

Recuerdo cuando nos casamos que tuve muy claro que en nuestro matrimonio seríamos siempre tres: mi marido, Dios y yo.

Y que Dios sería quien tuviera la última palabra en TODO.

No hay nada más seguro que dejar que sea Dios quien lleve las riendas de mi matrimonio, aunque a veces no lo entienda, o no me convenza. Me fío de Dios tanto como de mi marido, y con él ¡iría hasta el infinito con los ojos cerrados!; así que con Dios, que es perfecto de verdad, que no se equivoca NUNCA…, ¡hasta el infinito y más allá!

5 cosas para hacer con niños en mayo, mes de la Virgen

El mes de mayo es para los católicos el mes de la Virgen, por eso procuramos mimarla un poco más rezando con más cariño alguna oración o visitándola en una iglesia o santuario.

En mi casa siempre hemos intentado que los niños participen también de esta fiesta. Para mí es como el día de la madre pero a lo grande: ¡alargado a un mes por ser la Madre de Dios, y Madre de todos los hombres!

Comparto hoy algunas ideas para vivir el mes de mayo junto a María (y que a los niños les encantan y son bastante fáciles):

1- Llenar las ventanas de flores pintadas: por cada acción, buena obra u oración que dediquen a la Virgen pueden pintar una flor y pegarla en la ventana para que ella las vea desde el cielo.

2- Romería familiar. Un sábado o domingo de mayo lo dedicamos a hacer una excursión a una ermita o capilla de la Virgen con otras familias y rezar allí el rosario, una salve, comer de picnic, jugar con los niños, …

3- Como es el mes de María ponemos la figura de la Virgen que tenemos en el salón rodeada de flores. Al volver del cole pasamos por la floristería y compramos una flor cada uno, y cuando están pochas, las cambiamos.

4- Este mes ponemos especial cariño en ofrecerle nuestro día a la Virgen. Al levantarnos rezamos juntos la oración del ¡Oh, Señora mía!

5- Rezar el rosario en familia. A última hora del día, todos al salón y junto a la Virgen rezar cada uno un misterio del Rosario (¡les encanta pasar las cuentas y llevarlo ellos!); pedimos por los familiares y amigos enfermos, las preocupaciones, los exámenes, difuntos, …

San Juan Pablo II decía que la familia que reza unida, permanece unida. ¿Y qué hay mas bonito que empezar de la mano de nuestra Madre la Virgen?

¿Qué plan te parece más atractivo para tu familia? Gracias por leerme y ¡espero vuestras ideas para poder ir variando cada año!

¡Me muero de ganas de que llegue el día, mamá!

¡Y llegó la Primera Comunión de mi hija mayor! Algunos detalles que hicieron que este día el protagonista fuera Jesús

Creo que esa fue la frase que más repitió mi hija mayor durante las últimas dos semanas: ¡Me muero de ganas de que llegue el día, mamá!, ¡ojalá se pudiera adelantar!

Y no lo decía por los regalos, ni por el vestido, ni por la comida; realmente se moría de ganas de recibir a Jesús en su corazón, de que llegara por fin el día de su Primera Comunión.

Por eso, cuando el cura comenzó la homilía, no me sorprendió que mirara a las niñas y les preguntara cariñosamente: ¿a que os moríais de ganas de que llegara este día?

Las niñas contestaron al unísono: ¡¡SÍÍÍÍÍ!!, a lo que el cura matizó entre risas: «pero, ¿no se ha muerto ninguna, verdad? Nadie se ha muerto por llegar a este día, les hizo reflexionar: nos morimos de ganas, ¡pero no necesitamos morirnos para que pase!».

¿A dónde quiere llegar este buen hombre?, pensé yo un tanto desconcertada, ¡a ver si ahora a alguna le va a dar un patatús…!, y seguí escuchándole: «¿¿¿sabéis quién se moría también de ganas por estar hoy con vosotras??? Se miraron, y tímidamente contestaron algunas: ¿Jesús?

«Así es. Jesús lleva más de dos mil años esperando este momento, esperando a entrar en tu corazón, para estar por fin siempre contigo. Y se moría tanto de ganas que como la única forma de poder hacerlo era muriendo, ¡lo hizo!; murió en la cruz por ti y por mí, para poder quedarse para siempre con nosotros».

Uffff…., ¡casi me da algo! ¡Vaya razón tiene el curita pensé! ¡¡Esto es muy fuerte!! No lo había visto nunca así, la verdad. Y me pareció tan brutal que aunque el post de hoy ya lo tenía escrito -previendo el finde de celebración-, no podía esperar a compartir esto con vosotros.

¡Y siguió! -¿¡pero aún hay más!?-, pensaba yo ensimismada en mi nuevo descubrimiento-. «¿Sabéis quien es el protagonista hoy?»- les preguntó. ¡En eso todas lo tenían muy claro, jaja!: «JESÚÚÚS», resonó en la capilla.

A lo que el cura contesto: «Efectivamente. Pero Jesús os quiere tanto, que incluso siendo su gran día quiere que vosotras seáis el centro. Quiere que todas las miradas se fijen en vosotras, que los regalos y halagos sean sólo vuestros.

Porque os quiere tanto, ¡tanto!, que desaparece Él para que brilléis vosotras».

Me derrumbó. ¿No os parece precioso? ¡Vaya con Jesús! Ya os digo que la Primera Comunión de mi hija mayor ha sido mucho más bonita de lo que yo jamás habría imaginado. Principalmente porque en verdad Jesús fue el centro para ella y para nosotros y me parecía casi imposible que eso pasara con tantos «adornos».

Ojalá nuestras primeras, segundas, quintas, … (¡las que sean en cada uno!) sean también así de especiales y seamos tan conscientes de la suerte que tenemos de que todo un Dios nos quiera tanto que nos muramos de ganas por volver a recibirle cada día (o al menos cada domingo).

Os deseo una feliz semana, y si os ha gustado el post, os animo a compartirlo y a darle a «me gusta» para que llegue a más gente ☺️. ¡GRACIAS!

El cura de mi parroquia está loco

Hoy hablo de locura, sí. Hablo de locura porque hay que estar muy loco para dejar tu familia, tu país, tus amigos, tu novia, tu futuro, … ¡para ir al seminario! Hay que estar muy loco para renunciar a ser padre por cuidar de un puñado de personas que no conoces de nada.

Gente, que sin apenas conocerte, va a juzgar cómo celebras la misa, si hablas poco o demasiado, si eres excesivamente teórico o un sensiblero, si te pasas de anécdotas o aburres a todos.

Hay que estar muy loco, para dejar tu vida en manos de otro cura (el obispo), que será quien decida si vas a esta o a aquella parroquia; si le parece bien que hagas catequesis con los padres o prefiere que sea con feligreses; si gastas mucho o no recaudas suficiente.

Hay que estar muy loco, efectivamente, pero muy muy loco de amor. Hay que estar perdidamente enamorado de Jesús para seguir sus pasos y dejar todo en manos de Dios: Jesús renunció incluso a su vida por nosotros, y no porque no le costara ¡que bien que lloró en Getsemaní!, sino porque nos amaba; y así también los sacerdotes renuncian a su propia vida por nosotros.

Para estar disponibles, para hablarnos de Jesús, para acompañar, escuchar, esperar, confesar, bautizar, …

Quiero que este post sea una alabanza y un agradecimiento a todos los sacerdotes del mundo entero, porque aunque en los medios sólo vemos los pecados de unos pocos (¡abominables, por supuesto!), la generosidad de la gran mayoría es admirable.

La Iglesia no tendría sentido sin tantos curas maravillosos, y por ellos va este post. Porque se equivocan, sí; a veces demasiado… pero: «que levante la primera piedra quien no tenga pecado».

GRACIAS de corazón a todos los sacerdotes que se dejan la vida por sus feligreses día a día, año a año; con humildad, pasando desapercibidos, acompañando, rezando, viajando de pueblo en pueblo para llegar a todos. Porque conozco muchos que no descansan, que se dejan la piel literalmente por acompañarnos al Cielo.

Por todo ello: ¡GRACIAS DE TODO CORAZÓN!

¿Qué más puedo hacer por ti?

Antes de nada: ¡Felices Pascuas a todos! Acabamos de pasar la Semana Santa y aún estoy conmocionada. Han sido unos días muy especiales, en familia y acompañando lo máximo posible a Cristo: ¡muy recomendable!

El caso es que encontraba el otro día pidiendo por un familiar que está pachuchillo y me entró un poco de impaciencia, hasta el punto de que le solté al Señor que no me parecía de recibo que permitiera esto. A lo que enseguida una voz dulce y calmada me respondió:

«He dado mi vida por él, ¿qué más quieres que haga?».

Me quedé muda. Tenía toda la razón. ¿Qué más se puede hacer que dar la vida por alguien? Me sentí avergonzada, Él había hecho ya mucho más que yo por esa persona y todavía me creía con derecho a reprocharle que no se curara…

Estoy en el camino de aprender a confiar en Dios, en creer de verdad que estamos aquí de paso y que lo único importante es que pronto estaremos todos juntos en el Cielo.

El reencuentro

Ayer imaginé la emoción de los apóstoles, los amigos de Jesús, al verle de nuevo tras la Resurrección. Qué paz sentirían Lázaro, Marta y María al verle llegar. Cómo sería el reencuentro entre quiénes se quieren, entre quiénes han sufrido (Cristo en la cruz, y los otros en la soledad, en la incomprensión). ¡Solo con una mirada se dirían tantas cosas!

Y el abrazo. Yo ayer sólo quería abrazar a Cristo, darle la bienvenida. Él sabe que no me creía del todo que fuera a resucitar, pero es tan bueno que no se enfada, ni me dice: ¡Te lo dije! Me quiere, y se alegra conmigo del reencuentro porque ahora las puertas del cielo están abiertas también para nosotros y pronto iremos todos juntos a la Vida eterna.

Es un abrazo de agradecimiento, de amor, de cariño, de comprensión, de apoyo; es el abrazo entre dos amigos que han sufrido mucho por la Pasión y por fin pueden consolarse y alegrarse porque todo ha pasado ya.

¿Cómo puedo desconfiar de Él con todo lo que hemos pasado juntos?

Ya no queda nada por hacer, sólo queda disfrutar y esperar a la vida definitiva. ¿Cómo ha sido tu reencuentro con Cristo?

¿Por qué no se puede comer carne en Cuaresma?

Imagino que todos alguna vez nos hemos planteado el porqué los católicos no podemos comer carne los viernes de Cuaresma. De hecho, las dudas suelen ir acompañadas de motivos más que razonables para no hacerlo: «el pescado es más caro», «si tengo sobras de carne no está bien tirar la comida», «si me invitan a comer no voy a andar molestando»,…

Entonces, ¿por qué la Iglesia nos obliga?

Tendemos a ver a la Iglesia como una dictadora que impone normas y preceptos a sus fieles, y olvidamos que la Iglesia ¡es Madre! ¡¡Es tu Madre y la mía!! Y como Madre, quiere a sus hijos y trata por todos los medios de ayudarles a llegar al Cielo.

Y en ese acompañarnos al Cielo, la Iglesia sabe que hay unos «mínimos», por decirlo de alguna manera, sin los cuales resultaría muy difícil mantener el trato con el Señor, ser capaces de recomenzar, aprender a perdonar, a amar y a sabernos amados por Cristo.

Que levante la mano quien haría ayuno voluntario en Cuaresma si no fuera obligatorio…

Como una madre obliga a sus hijos a comer, hacer los deberes, llegar a cierta hora por las noches, etc; la Iglesia establece ciertas «normas», para asegurarse de que los católicos hagamos algo de penitencia, como animó Jesús en el Sermón de la montaña, a la vez que nos facilita el cumplir la obligación.

¿Y por qué carne y no pescado?

Dejamos de comer carne los viernes, no porque sea barata, mejor o peor que otros alimentos, sino sobre todo por tradición cristiana. Somos una familia: la familia de los hijos de Dios; y el hecho de unirnos todos, en una penitencia común, hace que nos apoyemos unos a otros, que vivamos una misma Cuaresma. ¡Unidos es más fácil llegar a la meta!

Claro que, no nos serviría de mucho, si ese acto no nos llevara a elevar el corazón a Dios, a recordar que Él es nuestro Padre, que dio su vida por mí en la Cruz porque me quiere; a darle gracias y querer de corazón volver a Él.

¿Qué madre le diría a su hijo, en su cumpleaños, que para comer hay «sobras» porque si no se estropean?

Cuando ponemos amor, nos organizamos para que no haya sobras, para comer arroz a la cubana -que es bien barato- y para hacerlo alegres, sabiendo que vamos todos juntos hacia la casa del Cielo.

Extras:

¿Cómo nació el precepto de abstenerse de carne en los Viernes de Cuaresma?

10 ideas para vivir la Cuaresma en familia

¿Qué es eso de que el Espíritu Santo actúa en nuestras almas?

Reconocer las mociones del Espíritu Santo en nuestras almas, y cómo estas transformaron mi vida sin exigirme grandes esfuerzos.

No suelo citar el Evangelio pero acabo de leer esta frase y he pensado: ¡esto tienen que saberlo mis lectores! ¿No os alucina?

«La correspondencia a las mociones y a las inspiraciones del Espíritu Santo es el todo de la vida del alma. La gracia es como la semilla echada en la tierra: una vez sembrada crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce». Mc 4, 26-32

Quizá alguno esté con cara de desconcierto, en plan: nos alucina…, ¿el qué?, ¿qué carajo es eso de las mociones del Espíritu Santo?

Os lo explicaré con ejemplos de mi vida, ya que son la forma más clara que tengo de hacerlo, pero si buscáis en buenas páginas web o libros lo explicarán mucho mejor (el de «Los Dones del Espíritu Santo» me encantó).

Hace tiempo os hablé de ese momento, a los veintipico, en el que mi relación con Dios cambió radicalmente. Pues bien, unos años antes, empecé a pedirle a Dios que me mostrara mi camino. Quería que me dijera cuál era mi sitio dentro de la Iglesia.

Al comentárselo a una amiga me dijo: «la clave está en que hagas caso a las mociones del Espíritu Santo». Le miré con cara de póker y me explicó: «no te preocupes, esto es empezar y verás qué rápido las identificas» (más o menos como las contracciones del parto, jaja!, ¡inconfundibles 😜!).

Y añadió: «es importante que dediques unos minutos al día a rezar, pero a charlar de tú a tú con Dios. Ve a una iglesia, te sientas, le miras (está en el sagrario, en la cajita iluminada), y le dices simplemente que vienes a verle y que quieres conocerle más».

Y así lo hice. Empecé, y para mi sorpresa, pronto ¡empezó a hablar! En serio: es esa vocecita de tu interior que te va sugiriendo cosas que sabes que deberías hacer pero que te cuestan:

– «Esa cama puedes hacerla mucho mejor»

– «No dejes los platos sin fregar hasta mañana»

– «¿Qué tal si llamas a esta chica que la has visto tristona?»

– «No te enfades con esta persona, que sabes que ha sido un accidente»

– «¿Cuándo vas a pedirle perdón a esta otra amiga?

– …

Y me di cuenta de que, en la medida en la que yo hacía caso a esa vocecita, ésta se iba animando y pidiendo cada vez más. Y, lo mejor, es que sin darme cuenta, un día miré hacia atrás y me asombré de lo mucho que había mejorado mi vida. Yo no había hecho nada del otro jueves, pero el Espíritu Santo había ido transformando mi vida.

Dios había sido muy generoso conmigo: al obedecer a la vocecita iba recibiendo gracias que tiraban de mi para arriba: era más ordenada, más paciente, más responsable, alegre, constante, … Era mucho más feliz.

Pero ¡ojo!, que la vocecita de las excusas sale casi al mismo tiempo, solo que esa no viene de Dios sino del egoísmo, de la comodidad, de la vanidad, etc y tira para abajo, así que consejo: ¡hay que obedecer a la primera!

Para mí fue un regalazo que nunca olvidaré; y al leer esa frase me he acordado de la suerte que tuve y he pensado que, quizá, os ayudaba saber que es cierta. ¡Ojalá os ayude tanto como a mí!

¿Has notado tú alguna vez la gracia del Espíritu Santo en tu vida? ¡Me encantaría que nos lo contaras!

¿Por qué Dios me hace esto?

No me resisto a compartiros este vídeo que me acaba de recomendar una gran amiga. Me ha dejado boquiabierta, sin argumentos, totalmente desarmada.

Es una víctima del atentado del 11M, Esther Sáez. Iba en el vagón donde estalló una de las bombas. Y aquel fatídico suceso le llevó a Jesús.

Me ha llenado de paz y confianza. Estoy tan agradecida a que se animara a compartirlo con el mundo que sólo puedo decirte, a voz en grito, que no puedes dejar de verlo.

Sobre todo, si en algún momento de tu vida has mirado al cielo y has dicho: «¿por qué me has abandonado?, ¿por qué me haces esto?» Encontrarás tu respuesta, como yo acabo de encontrarla.

¡GRACIAS ESTHER SÁEZ POR TU TESTIMONIO!

Te agradeceré que me cuentes en los comentarios qué te ha parecido.