Echo mucho de menos a ciertas personas que pasaron por mi vida y que de repente, o poco a poco, por un error «x» (véase un desacuerdo, un malentendido, una incomprensión, ….) la distancia empezó a crecer y nunca supe cómo recuperar esa relación.
Pasan los días, los meses, los años y la distancia es cada vez mayor. Supongo que dependerá de cómo seas te afectará más o menos, pero yo pienso cada día en esas personas, y no saber cómo volver a empezar me duele en el alma, ¡les echo tanto de menos!
Por eso hoy quiero escribirles una carta, y facilitaros a vosotros -si también sufrís esa distancia con alguien- el poder reenviarla a las personas con las que os gustaría reconciliaros, recomenzar, pedirles perdón.
Carta para pedirte perdón después de tanto tiempo:
Han pasado ya unos años desde aquel día que te cambió la vida, y desde entonces me repito una y otra vez por qué no fui a verte y a abrazarte, por qué me pudo el «dejadle tranquila» que tanto me decían.
Hoy quiero pedirte perdón por no haber estado ahí. No estuve, no porque no quisiera estar, ni porque no me importara cómo te sentías. No estuve porque soy humana y me equivoco, y a veces me equivoco cuando más me necesitas.
Y por eso hoy te pido perdón. Y lo siento de veras, porque te quiero mucho más de lo que puedas imaginar; y me encantaría ser perfecta, llegar a todo, satisfacer a todos, consolar a todos, acertar con todos. Pero eso no lo puedo hacer yo, porque no soy Dios.
Todavía hoy seguimos sin hablar de ello, y no es porque no me interese saber cómo estás: daría lo que fuera por escucharte. Pero siento que hay un muro entre tú y yo, siento que no tengo ya entrada en esa parte de tu vida. Que no quieres compartirlo conmigo porque te fallé.
Y por eso hoy quiero decirte mil veces que lo siento. Y que siento también las veces que volveré a fallarte en el futuro porque soy muy limitada, y no llego a todo, ni lo sé todo, ni siquiera sé muchas veces qué es lo que necesitas en cada momento.
Sólo espero que seas capaz de perdonarme, de comprender que no hubo mala intención sino miedo a ofenderte y agrandar tu herida. Quiero decirte que te quiero, y que estar así me duele cada día.
Y que si algún día quieres, podemos intentar romper juntas ese muro y volver a empezar, porque echo de menos poder ver el 100% de tu inmenso corazón. Me duele en el alma vernos así.
Con cariño, te quiere,
Tu hermana, tu amiga, tu madre, tu prima, tu hija, tu esposa, tu compi, …
Creo que esa fue la frase que más repitió mi hija mayor durante las últimas dos semanas: ¡Me muero de ganas de que llegue el día, mamá!, ¡ojalá se pudiera adelantar!
La semana pasada nos dejó mi abuelito. El Señor se lo llevó de la manera más dulce: mientras dormía. Los que nos quedamos sentimos su vacío pero al mismo tiempo, la certeza de saber que descansa en el Cielo, nos llenó de paz y alegría.
Qué razón tiene este buen hombre…, ¡cómo nos gusta echarle la culpa a Dios de todo lo que nos pasa! Mucha gente me ha dicho que Dios envía las peores pruebas a quienes más quiere, pero ahora no lo veo tan claro.
Hoy hablo de locura, sí. Hablo de locura porque hay que estar muy loco para dejar tu familia, tu país, tus amigos, tu novia, tu futuro, … ¡para ir al seminario! Hay que estar muy loco para renunciar a ser padre por cuidar de un puñado de personas que no conoces de nada.
Es un tema este que genera bastante controversia en general: ¿por qué pagar por la educación de tus hijos si la educación pública en España es buena?, ¿merecen concierto determinados colegios?
Antes de nada: ¡Felices Pascuas a todos! Acabamos de pasar la Semana Santa y aún estoy conmocionada. Han sido unos días muy especiales, en familia y acompañando lo máximo posible a Cristo: ¡muy recomendable!
Hace unas semanas, en la sección de «
Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! «¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?», me comentaba alarmada.