¡Me muero de ganas de que llegue el día, mamá!

¡Y llegó la Primera Comunión de mi hija mayor! Algunos detalles que hicieron que este día el protagonista fuera Jesús

Creo que esa fue la frase que más repitió mi hija mayor durante las últimas dos semanas: ¡Me muero de ganas de que llegue el día, mamá!, ¡ojalá se pudiera adelantar!

Y no lo decía por los regalos, ni por el vestido, ni por la comida; realmente se moría de ganas de recibir a Jesús en su corazón, de que llegara por fin el día de su Primera Comunión.

Por eso, cuando el cura comenzó la homilía, no me sorprendió que mirara a las niñas y les preguntara cariñosamente: ¿a que os moríais de ganas de que llegara este día?

Las niñas contestaron al unísono: ¡¡SÍÍÍÍÍ!!, a lo que el cura matizó entre risas: «pero, ¿no se ha muerto ninguna, verdad? Nadie se ha muerto por llegar a este día, les hizo reflexionar: nos morimos de ganas, ¡pero no necesitamos morirnos para que pase!».

¿A dónde quiere llegar este buen hombre?, pensé yo un tanto desconcertada, ¡a ver si ahora a alguna le va a dar un patatús…!, y seguí escuchándole: «¿¿¿sabéis quién se moría también de ganas por estar hoy con vosotras??? Se miraron, y tímidamente contestaron algunas: ¿Jesús?

«Así es. Jesús lleva más de dos mil años esperando este momento, esperando a entrar en tu corazón, para estar por fin siempre contigo. Y se moría tanto de ganas que como la única forma de poder hacerlo era muriendo, ¡lo hizo!; murió en la cruz por ti y por mí, para poder quedarse para siempre con nosotros».

Uffff…., ¡casi me da algo! ¡Vaya razón tiene el curita pensé! ¡¡Esto es muy fuerte!! No lo había visto nunca así, la verdad. Y me pareció tan brutal que aunque el post de hoy ya lo tenía escrito -previendo el finde de celebración-, no podía esperar a compartir esto con vosotros.

¡Y siguió! -¿¡pero aún hay más!?-, pensaba yo ensimismada en mi nuevo descubrimiento-. «¿Sabéis quien es el protagonista hoy?»- les preguntó. ¡En eso todas lo tenían muy claro, jaja!: «JESÚÚÚS», resonó en la capilla.

A lo que el cura contesto: «Efectivamente. Pero Jesús os quiere tanto, que incluso siendo su gran día quiere que vosotras seáis el centro. Quiere que todas las miradas se fijen en vosotras, que los regalos y halagos sean sólo vuestros.

Porque os quiere tanto, ¡tanto!, que desaparece Él para que brilléis vosotras».

Me derrumbó. ¿No os parece precioso? ¡Vaya con Jesús! Ya os digo que la Primera Comunión de mi hija mayor ha sido mucho más bonita de lo que yo jamás habría imaginado. Principalmente porque en verdad Jesús fue el centro para ella y para nosotros y me parecía casi imposible que eso pasara con tantos «adornos».

Ojalá nuestras primeras, segundas, quintas, … (¡las que sean en cada uno!) sean también así de especiales y seamos tan conscientes de la suerte que tenemos de que todo un Dios nos quiera tanto que nos muramos de ganas por volver a recibirle cada día (o al menos cada domingo).

Os deseo una feliz semana, y si os ha gustado el post, os animo a compartirlo y a darle a «me gusta» para que llegue a más gente ☺️. ¡GRACIAS!

Cuando un abuelito se va…, algo despierta en el alma

La semana pasada nos dejó mi abuelito. El Señor se lo llevó de la manera más dulce: mientras dormía. Los que nos quedamos sentimos su vacío pero al mismo tiempo, la certeza de saber que descansa en el Cielo, nos llenó de paz y alegría.

Era un hombre bueno, muy bueno. Y al pensar en su vida, en qué es lo que nos ha dejado su paso por este mundo, ha sido maravilloso ver que todo lo que pasaba por nuestras mentes eran palabras amables, cariñosas, de admiración, de agradecimiento.

A veces nos atormenta la idea de tener que ser «perfectos» para poder ganarnos el cielo, pero ¿sabéis qué? no es esa perfección humana que imaginamos de la que habla Jesús, sino de perfección en el amor, ¡que es al final de lo que nos examinarán!

Mi abuelo era un hombre sencillo, honrado, trabajador. Se conformaba con muy poco, pero no era perfecto, tenía sus defectos como todo el mundo, ¡porque no hay santo sin ellos!, pero ahora relucen mucho más sus virtudes, y sobre todo: su pasión por mi abuelita.

Quiso a su mujer durante toda su vida de una manera ejemplar…, ¡y han sido 94 años! Hay tantos detalles de amor durante cada día que se ve la huella de Dios en ellos, porque humanamente ya os digo yo que es imposible: ¡cumplió con creces su vocación matrimonial!

NUNCA en mi vida les he visto discutir, faltarse al respeto, mirarse con un mínimo de rencor. En su lugar, siempre ha habido atención hacia el otro, miradas cómplices, agradecimientos, detalles de cariño, … y no hablo de un libro, ni de una utopía: ¡yo lo he visto durante toda mi vida con estos ojos!

He aprendido de ellos lo que es el amor de verdad y, como soy consciente de que no todo el mundo tiene la suerte de tener tan cerca semejantes ejemplos de vida, me veo en la obligación de compartirlo con vosotros.

Nunca faltó un gracias en su boca por cada comida que ella preparaba. Siempre atento para servirle, para cuidarle, y para enseñarnos a los demás a estar atentos también y saber mirar y ver los detalles de cariño que los demás tenían con nosotros.

Estoy segura de que él nunca creyó que su vida fuera ejemplar, que pudiera estar dejando tanta huella en los que veníamos detrás, ¡pero ya lo creo que lo hacía!

Sin él darse cuenta nos enseñó a querer, nos demostró que el amor verdadero existe, es real y es maravilloso. Que la felicidad se encuentra en las cosas pequeñas, en el amor humano, en la vida desgastada por y para la persona amada.

Hoy os digo que merece la pena. No es un camino de rosas, porque también salen espinas, porque no somos perfectos, porque en el día a día nos fijamos más en lo que no nos gusta; pero merece la pena porque es ahí donde se encuentra la felicidad y, lo más importante: nuestro camino al Cielo.

No es voluntad de Dios que todo te vaya tan mal

Qué razón tiene este buen hombre…, ¡cómo nos gusta echarle la culpa a Dios de todo lo que nos pasa! Mucha gente me ha dicho que Dios envía las peores pruebas a quienes más quiere, pero ahora no lo veo tan claro.

Hace ya unos meses me preguntaba «por qué Dios me hace esto«, y os compartía un vídeo que me había ayudado mucho a darle la vuelta.

Bueno, pues el mini vídeo de hoy completa de forma magistral aquella reflexión. No es Dios quien me envía los males a mi vida, es esta vida en sí misma la que conlleva desgracias, enfermedades, tristezas y muerte.

Lo que Dios hace es acercarse a ti y a mí y ofrecerse a llevar ese peso por nosotros. Podemos llevarlo solos y amargarnos profundamente, o podemos abrazarnos a Él, que ya ha pasado por esta penuria, y sentirnos comprendidos, acompañados y amados.

Doy fe, porque como sabéis me está tocando vivirlo, de que cuando la enfermedad llega a tu vida, si te arrimas a Dios él lleva el peso, te sientes liberado, feliz, muy amado.

Desde que estoy en esta situación sólo he recibido paz por parte del Señor, me ha hecho comprender el sentido del dolor, me ha mostrado la parte positiva del sufrimiento, y todo gracias a vuestros rezos, que me mantienen muy cerquita de Jesús.

Por eso hoy quiero pediros que sigáis rezando por mí, ¡es egoísta pero no veo otra forma de llevar con tanta paz y alegría esta temporada!; y también que si estáis pasando por un mal momento os acerquéis a Dios con humildad y le digáis: ¡me fío de ti, Jesús!

Y que tengáis paciencia, porque la ayuda llega y de manera brutal así que confiad en Jesús, de verdad. (A mí me ayudó mucho esta oración de abandono a la Divina Misericordia, ¡espero que a vosotros también!). Un abrazo y feliz semana

El cura de mi parroquia está loco

Hoy hablo de locura, sí. Hablo de locura porque hay que estar muy loco para dejar tu familia, tu país, tus amigos, tu novia, tu futuro, … ¡para ir al seminario! Hay que estar muy loco para renunciar a ser padre por cuidar de un puñado de personas que no conoces de nada.

Gente, que sin apenas conocerte, va a juzgar cómo celebras la misa, si hablas poco o demasiado, si eres excesivamente teórico o un sensiblero, si te pasas de anécdotas o aburres a todos.

Hay que estar muy loco, para dejar tu vida en manos de otro cura (el obispo), que será quien decida si vas a esta o a aquella parroquia; si le parece bien que hagas catequesis con los padres o prefiere que sea con feligreses; si gastas mucho o no recaudas suficiente.

Hay que estar muy loco, efectivamente, pero muy muy loco de amor. Hay que estar perdidamente enamorado de Jesús para seguir sus pasos y dejar todo en manos de Dios: Jesús renunció incluso a su vida por nosotros, y no porque no le costara ¡que bien que lloró en Getsemaní!, sino porque nos amaba; y así también los sacerdotes renuncian a su propia vida por nosotros.

Para estar disponibles, para hablarnos de Jesús, para acompañar, escuchar, esperar, confesar, bautizar, …

Quiero que este post sea una alabanza y un agradecimiento a todos los sacerdotes del mundo entero, porque aunque en los medios sólo vemos los pecados de unos pocos (¡abominables, por supuesto!), la generosidad de la gran mayoría es admirable.

La Iglesia no tendría sentido sin tantos curas maravillosos, y por ellos va este post. Porque se equivocan, sí; a veces demasiado… pero: «que levante la primera piedra quien no tenga pecado».

GRACIAS de corazón a todos los sacerdotes que se dejan la vida por sus feligreses día a día, año a año; con humildad, pasando desapercibidos, acompañando, rezando, viajando de pueblo en pueblo para llegar a todos. Porque conozco muchos que no descansan, que se dejan la piel literalmente por acompañarnos al Cielo.

Por todo ello: ¡GRACIAS DE TODO CORAZÓN!

Mamá, ¿por qué no puedo ir a un colegio público?

Es un tema este que genera bastante controversia en general: ¿por qué pagar por la educación de tus hijos si la educación pública en España es buena?, ¿merecen concierto determinados colegios?

Bueno, pues hoy quiero exponer mi punto de vista porque creo que es bueno que se sepa, o que al menos se entienda, por qué tantas familias optamos por colegios privados/concertados.

Quiero aclarar en primer lugar que no soy idiota, ni elitista, ni pija, ni me sobra el dinero. Simple y llanamente, en ningún colegio público de mi comunidad se oferta la educación que yo quiero para mis hijos.

Soy la primera que querría ahorrarse el dineral que supone llevar a tus hijos a un colegio que no es el que está justo debajo de tu casa, pero cuando estás convencido de que la educación es uno de los mejores regalos que puedes darles a tus hijos quieres poder elegir algo que cumpla con lo que tú consideras importante.

¿Qué hay de criticable el que unos padres piensen que para ellos el inglés (o el alemán, o el euskera, o la educación diferenciada, o el método xxx, o un largo etcétera) es lo primero?, ¿por qué si un tipo de educación está muy solicitado, no merece subvención?, ¿acaso no somos los padres los primeros en velar por nuestros hijos?

Se debate mucho sobre el concierto de la escolaridad y, sinceramente, no termino de ver la buena fe que se esconde detrás de ese interés. ¿Le llevaría yo a mi hijo a un colegio en el que se enseñen cosas contrarias a lo que yo pienso?, ¿le llevarías tú a un colegio público si todos fueran católicos y tú no lo fueras?

Entiendo que si son cuatro padres los que lo solicitan, no se les de concierto. Pero curiosamente, muchos de los colegios a los que se les quiere quitar el concierto están con listas de espera, es decir, hay más familias que plazas disponibles.

¿Qué sentido tiene privatizar esos colegios y que solo quienes tengan poder adquisitivo accedan a ellos? Soy de la opinión de que los padres deberíamos poder elegir libremente dónde estudian nuestros hijos. Sin importar si vives cerca, lejos, tienes dinero o eres pobre.

Y eso sólo puede conseguirse fomentando la creación de colegios que tienen demanda, realizando sorteos justos en el caso de que no haya suficientes, y asegurando que todos los modelos lingüísticos demandados sean accesibles para todos.

Me interesa mucho vuestra opinión sobre este tema, así que ¡espero muchos comentarios!

¿Qué más puedo hacer por ti?

Antes de nada: ¡Felices Pascuas a todos! Acabamos de pasar la Semana Santa y aún estoy conmocionada. Han sido unos días muy especiales, en familia y acompañando lo máximo posible a Cristo: ¡muy recomendable!

El caso es que encontraba el otro día pidiendo por un familiar que está pachuchillo y me entró un poco de impaciencia, hasta el punto de que le solté al Señor que no me parecía de recibo que permitiera esto. A lo que enseguida una voz dulce y calmada me respondió:

«He dado mi vida por él, ¿qué más quieres que haga?».

Me quedé muda. Tenía toda la razón. ¿Qué más se puede hacer que dar la vida por alguien? Me sentí avergonzada, Él había hecho ya mucho más que yo por esa persona y todavía me creía con derecho a reprocharle que no se curara…

Estoy en el camino de aprender a confiar en Dios, en creer de verdad que estamos aquí de paso y que lo único importante es que pronto estaremos todos juntos en el Cielo.

El reencuentro

Ayer imaginé la emoción de los apóstoles, los amigos de Jesús, al verle de nuevo tras la Resurrección. Qué paz sentirían Lázaro, Marta y María al verle llegar. Cómo sería el reencuentro entre quiénes se quieren, entre quiénes han sufrido (Cristo en la cruz, y los otros en la soledad, en la incomprensión). ¡Solo con una mirada se dirían tantas cosas!

Y el abrazo. Yo ayer sólo quería abrazar a Cristo, darle la bienvenida. Él sabe que no me creía del todo que fuera a resucitar, pero es tan bueno que no se enfada, ni me dice: ¡Te lo dije! Me quiere, y se alegra conmigo del reencuentro porque ahora las puertas del cielo están abiertas también para nosotros y pronto iremos todos juntos a la Vida eterna.

Es un abrazo de agradecimiento, de amor, de cariño, de comprensión, de apoyo; es el abrazo entre dos amigos que han sufrido mucho por la Pasión y por fin pueden consolarse y alegrarse porque todo ha pasado ya.

¿Cómo puedo desconfiar de Él con todo lo que hemos pasado juntos?

Ya no queda nada por hacer, sólo queda disfrutar y esperar a la vida definitiva. ¿Cómo ha sido tu reencuentro con Cristo?

La gota de agua

¿Te has fijado alguna vez en la gotita de agua que el cura echa en el cáliz (copa del vino) durante la misa? La añade justo después de echar el vino, cuando decimos «bendito seas por siempre Señor».

¿Qué pinta ahí esa gotita de agua?

Esa gotita a mí me tiene loca, y más cuando se junta con el vino porque ya no hay quien los separe: se hace vino también; vino, y después, ¡Sangre de Cristo!

¿Sabías que en esa gotita de agua vamos tú y yo?

Me alucina lo fácil que el Señor nos ha puesto el que tu vida y la mía se conviertan en algo divino: en la Sangre de Cristo, nada más y nada menos. Sólo tenemos que ir a misa y ofrecer nuestro corazón en esa gota; y con nuestro corazón nuestras preocupaciones, trabajo bien hecho, el cariño puesto al preparar la comida, el tiempo dedicado a los demás…

Si lo piensas esa gota no aporta gran cosa, es insignificante al lado del vino y, sin embargo, Dios ha querido que estemos ahí, junto a Él, para que nos demos cuenta de cuánto nos quiere.

No necesitaba esa gota de agua para realizar el milagro de la transustanciación (se llama así a cuando el vino se convierte en Sangre de Cristo) y sin embargo quiso que fuera imprescindible.

Sin esa gota de agua el vino no se convierte en Sangre porque Dios quiere contar con nosotros, quiere necesitarnos y dar valor a nuestra vida para que podamos santificarla.

Como una madre cuando quiere que su hijo se sienta protagonista y le deja poner de su hucha 5 céntimos para comprar el regalo del día del padre. Su parte no aporta gran cosa, pero el niño cree que sí y se siente feliz de haber contribuido.

Y con nosotros pasa algo parecido. Dios quiere que colaboremos con Él en nuestra salvación y en la de todos los hombres. Nuestra parte no es gran cosa pero, gracias al amor que Dios nos tiene, es imprescindible.

Eso sí, Dios respeta nuestra libertad, por eso para que tu vida vaya también en esa gota tienes que querer ofrecerla, si no no se diviniza, no resucita con Cristo.

Y así es como los católicos santificamos nuestra vida, ¡sin Él no podríamos hacerlo!

Espero tu comentario 😉

Le tengo miedo a Dios, miedo a que me haga sufrir

Hace unas semanas, en la sección de «Qué nos dice hoy Jesús» (que aprovecho para invitaros a conocerla), publiqué unas breves palabras sobre la confianza en Dios.

Cuando leí el evangelio ese día, y escuché al cura de la iglesia preguntar si quería yo resucitar con Jesús en la Pascua, con el cambio radical que podía suponer eso en mi vida, sentí miedo. Y me asusté de mí misma por tener miedo a decir que sí.

Me di cuenta de que, aunque la enfermedad me está ayudando muchísimo a estar junto a Dios en todo momento, a sentir su amor por mí, a volverme loca descubriendo todo lo que Dios me ama: ese miedo sólo me demostraba que no me fío de Él. Me sentí decepcionada conmigo misma.

Y una vez más, Dios me habló a través de una amiga que me envió el vídeo que pongo a continuación y que os recomiendo ver. Ese vídeo llegó en el momento oportuno porque lo que más me dolía era sentir esa desconfianza en Alguien a quien debo mi vida, a quien quiero con locura, Alguien que ¡ha dado su vida por mí! ¿Cómo podía dudar?

Era la primera vez que escuchaba a esta mujer, Sor Emmanuel, monja de Medjugorje. Sus palabras me consolaron, me reconfortaron, me dieron mucha paz. Sobre todo al confirmarme que esos pensamientos no son míos.

Sor Emmanuel explica que cuando sufrimos, por el motivo que sea, somos más vulnerables y por eso el demonio aprovecha para meter en nuestra cabeza ideas que nos desesperen: «no merece la pena seguir luchando», «Dios no te quiere porque te hace esto», «si te quisiera no lo permitiría», …; esas ideas no vienen de Dios porque no son, ni de lejos, el mensaje de Jesús en el evangelio.

Ante el dolor y la enfermedad, Dios nos invita a descargar sobre Él nuestra carga: «venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré». Y ¿cómo nos alivia? Nos enseña sus llagas, para que veamos que Él sufre con nosotros, y recoge nuestras penas y las carga en su Cruz.

Y es así. Yo lo estoy experimentando. No es Dios quien me envía la enfermedad, ¡la tendría igual sin Él! Pero contando con su ayuda, en vez de ser amarga, la cruz se hace más suave y puedo seguir adelante, porque Él la lleva por mí y la une a su dolor, me acompaña, sufre conmigo.

Te animo vivamente a ver o escuchar el vídeo. Mientras planchas, viajas o caminas. Te ayudará a ver la Semana Santa desde otra perspectiva mucho más bella: desde el amor.

¿Qué hace una mujer como tú con un tipo como ese?

Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! «¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?», me comentaba alarmada.

Y es que, el amor es lo que tiene. No me refiero a ese refrán, que no me gusta nada, de que «el amor es ciego», porque no lo es, sino de que cuando conoces a alguien, y le quieres, tu mirada hacia esa persona cambia.

No ves sólo la fachada, la belleza exterior, sino sobre todo su corazón, tus recuerdos sobre esa persona: los detalles, actitudes, comportamiento, valores, … ¿Cuántos amigos han acabado enamorándose?; quizá cuando se conocieron hasta se resultaban feos, pero su historia personal compartida, los detalles y vivencias de los años hacen que un día puedan ver más allá y, entonces, sólo vean ya la belleza de su alma, la pureza de su espíritu.

Cuando sólo discutimos

Sin embargo, cuando en nuestra vida nos centramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, pasa justo lo contrario: lo que antes era hermoso, pasa a ser un montón de defectos que me desquician. Por eso, si en algún momento ves que tu marido -o tu mujer- ya no te atraen, limpia tu mirada, porque es muy probable que lo que te pase sea que estés siendo egoísta, que quieras que sea como a ti te interesa, y no tal y como es.

Y si ves que no puedes, porque todos pasamos temporadas malas -a veces muy malas-, en las que ¡hasta el tío mas guapo, bueno y listo del planeta nos parecería imbécil!, pide al Señor que te enseñe a verle con sus ojos. Alucinarás, porque no sólo dejarán de ser defectos, sino que además, te parecerán positivos, porque aprenderás a quererlos, a que os unan y os hagan crecer como pareja.

Qué es lo que más me cuesta de estar enferma

Tengo que confesaros que hace un par de meses, esto de que el dolor siguiera y no se viera el final del túnel ahí cerquita me estaba superando.

Y, curiosamente, descubrí que no es el dolor lo que te mina, no es el malestar lo que no aguantas: es el ver a los que quieres necesitándote y no poder hacer nada para complacerles. Es el sentirte muy inútil por no poder hacer tantas cosas; es el querer y no poder lo que supera.

Cuesta mucho que tu hija de un año pida bracitos y tenga que conformarse con una palmadita en la espalda y una sonrisa; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho que tus hijos quieran ir a jugar al parque contigo y no puedan; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver que tu marido llega a casa cansado, después de una jornada larga, viajes, estrés…, y no poder ayudarle con los baños, cenas, etc; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver el cubo de la ropa sucia hasta arriba, la plancha, el lavaplatos sin sacar, etc, y no poder adelantar trabajo, -a pesar de tener todo el tiempo del mundo-, un día y otro, un mes y otro.

Y podría llenar el post con cosas que antes podía y ahora no, pero no pretendo dar pena, ni mucho menos. Lo que querría es ayudar a empatizar. Si esta es, y sigue siendo, mi realidad desde hace más de ocho meses, probablemente sea el día a día de mucha gente que conocemos, solo que no nos lo imaginamos porque nunca nos ha tocado vivirlo.

«No te fijes en lo que podrías hacer si estuvieras bien, piensa en qué puedes hacer estando así»

Estas palabras, que me dijo una amiga hace unos meses, fueron para mí el inicio del cambio. Tenía toda la razón, y aunque parecen obvias, cuando estás en el agujero no ves nada de nada, ¡ni siquiera lo evidente!

Desde entonces ocupé mi mente en este objetivo, y ahora estoy mucho más animada. Es verdad que sigo muy limitada, pero cosas tan sencillas como llamar a una amiga con la que hace tiempo que no hablo, o jugar al «veo veo» con mis hijos, sí que puedo así que en ello estoy.

Crear una rutina es clave para salir adelante

Tengo la suerte de tener muy buenas amigas. Me vieron tan mal que ¡cada una aportó su granito de arena! Y gracias a ellas ahora estoy con mucha paz y viviendo el momento que me toca con mucha más alegría.

Para mí fue clave crearme una rutina. Al principio necesité un poco de ayuda… ¡qué sería de mí sin esa amiga tan buena que Dios pone a tu lado cuando más lo necesitas! Gracias a ella empecé a salir de casa todos los días y descubrí que caminar me sentaba muy bien.

Así que, poco a poco, he ido incorporando a mi día a día todo lo que puede ayudarme a salir adelante: caminar, un poco de ejercicio, ir a misa a rezar x mí y por todos mis compañeros, escribir el blog, … Ahora los días pasan más deprisa y saber que estoy haciendo todo lo posible por recuperarme me da mucha tranquilidad.

¿Habéis pasado por una situación parecida alguna vez?, ¿qué hacíais vosotros para no hundiros?

¡MIL GRACIAS!